Ante un nuevo verano, parece conveniente recordar
una vieja teoría que sigue siendo de máxima
aplicación y sacar a la luz unas anécdotas que ponen de
manifiesto la, siempre, necesidad de mejora del servicio
turístico.
Una teoría: turismo, empresa en la calle. No es la primera vez que la saco a relucir, ni creo que
sea, por desgracia, la última. Reza así: El turismo de
masas es de tal naturaleza que se convierte, como actividad, en un
servicio que transcurre mitad puertas adentro, mitad puertas afuera de
las empresas. Es una característica que, seguramente, no
pertenece tan sólo al mundo del turismo, pero que sí
tiene en él un peso importante. Los turistas se divierten y
se mueven de un sitio a otro. Se pasean y van de compras,
es decir, pasan una gran cantidad de tiempo fuera del hotel o del
apartamento donde tienen habitación y donde comen y, en
algunos casos, también tienen diversión y pueden
hacer compras. Este tipo de actividad, con parte de la
producción en la calle, no ocurre en la industria
automovilística, por poner un ejemplo clásico. La
producción de automóviles transcurre, en su totalidad,
entre las cuatro paredes de una fábrica o taller. El
perfeccionamiento de los métodos de producción
automovilística hasta conseguir un producto acabado, se hace en
el interior de la fábrica con el trabajo de miles de obreros,
técnicos e ingenieros. El perfeccionamiento del turismo precisa
del perfeccionamiento de la fase de producción de un hotel o
apartamento, pero no es suficiente. Un buen producto turístico
precisa de una buena calle: orden público, limpieza, aceras,
seguridad y mil detalles más. Un buen hotel con una mala calle
no producirá un buen producto.
Algunos países, que no tienen calle, han
acudido a la solución de los guetos y trabajan con el
“todo incluido”. República Dominicana es el ejemplo
más claro. Y para que el hotel oferte sus mejores servicios,
debe ofertar, además, una espléndida atmósfera
turística. De ahí la necesidad de macrohoteles de
más de mil plazas, donde todos los consumos, excepto el
transporte, transcurren en su interior. El caso de Palma, de
Calviá, de Benidorm y de un largo etc. es bien distinto. Se hace
necesario cuidar tanto el hotel como la calle. En nuestro caso, el
cuidado de la Playa de Palma es una necesidad imperiosa si se
quiere conseguir un turismo de mayor calidad y repetitivo. Es, tal vez,
por ello que no ha dejado de sorprenderme que la nueva alcaldesa, en
sus primeras declaraciones de intenciones y decisiones, no haya tratado
de la necesidad de “cuidar” la calle y así proteger
la industria que proporciona, de forma directa o indirecta, las mayores
rentas a la ciudad.
Cuatro anécdotas. Seguimos en turismo y en nuestro deseo de perfeccionar el
servicio.
Primera. Durante años he acudido, por lo
menos una vez al mes, al restaurante del Gran Hotel Victoria. Al
principio de ir allí nos atendía, de vez en cuando, un
maître de una educación exquisita a quien llamaba por su
nombre, Juan. En cierta ocasión me dijo: ”Sr. Fuster, mi
nombre es Jaime, pero si usted quiere puede llamarme Juan”.
Según Juan Vives, uno de nuestros sabios del turismo y segundo
de a bordo del Grupo Sol, ese maître pertenece a una raza de
profesionales, desgraciadamente, casi extinta.
Segunda. Cena en el hotel Formentor invitado por el
profesor Barraquer, cliente repetitivo. A la hora de los postres se
acercó el maître a tomar nota y la Sra. Barraquer,
su hija y yo pedimos el postre. En ese momento mi mujer y el profesor
estaban entretenidos en animada charla y el maître con
exquisita discreción se retiró para volver un rato
después y solicitar los dos postres que faltaban. Estilo y
discreción dignos de alta hostelería. Pocos
días después en un conocido restaurante del Levante
mallorquín, cenábamos un grupo grande de amigos y el
maître se acercó, también, para pedir los
postres. Algunos lo hicimos, otros, en animada charla, ni se percataron
de su solicitud y entonces el maître, molesto y en tono alto,
espetó a los despistados: “¿Piden postres o
qué?”. Hubo desconcierto y malestar en el grupo ante
la actitud y el tono desabrido del maître y por mi parte, al
abandonar el restaurante, anulé una reserva, que previamente
había hecho, para volver otro día a cenar con mi familia.
Tercera. Hotel Molins, de la Playa San Vicente.
Estoy de investigación turística con un grupo de
estudiantes. Encuestamos al maître y nos señala las
cualidades que exige a un camarero: simpatía, moverse con
ligereza (mover bien el c.) cuidado de la limpieza, vaciar con rapidez
los ceniceros y muchos detalles más. En una palabra,
atención total al cliente. En La Habana, en 1979, en conferencia
para un auditorio de más de seiscientas personas que se
preparaban como empleados del turismo, me gané la
confianza de aquel difícil, por variopinto, auditorio, cuando
les señalé las cualidades de un buen camarero,
naturalmente, entre ellas mencioné la de saber mover bien
el c. Gestos de aprobación general y divertidas risas de
complicidad a lo largo de la conferencia. En toda mi vida jamás
he cerrado una conferencia con tantos y larguísimos aplausos,
puesto de pie el auditorio.
Cuarta. El embajador Carlos Robles Piquer y su
mujer, Elisa Fraga Iribarne, nos invitan a comer, a mi mujer y a
mí, en los Remos, un delicioso restaurante de la carretera
de la Coruña, en Madrid. La comida transcurrió en animada
charla y al final expresé mi deseo de ser yo quien invitase. Con
gran agilidad mental y buenas dosis de elegancia, el embajador me
replicó con una divertida sonrisa y dejó zanjada la
cuestión de quien pagaba: “Juan, ¿después de
decir esta tontería piensas decir otras más?”.
Respuesta educada, ágil y ocurrente, que podría muy
bien extrapolarse a otro ámbito, al del turismo, donde
el resolver bien las cosas y con elegancia, es imprescindible.
Y es que estas fechas en las que la temporada
turística ya arranca fuerte y que, además, coincide con
un relevo de gobierno en nuestra Comunidad, pienso mucho en
nuestra primera industria, el turismo. En la necesidad, por parte
de todos, de atenderla y mantenerla en muy buenos niveles. Por
ello he mostrado estas anécdotas que, entre otras muchas
vivencias de “savoir faire”,
turísticas, o no estrictamente turísticas, me
rondan estos días por la cabeza con una cierta
persistencia.