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Chiringuitos cinco estrellas

Claro está, estos son ejemplos muy evolucionados de chiringuito, pero en el fondo comparten la filosofía del auténtico “de toda la vida”: un aire desenfadado, comida a cualquier hora, a pie de playa y sin etiquetas. Para muchos clientes, sólo la palabra “chiringuito” es sinónimo de vacaciones y por este motivo, las empresas se esfuerzan por crear ambientes playeros en sitios imposibles. Tal es el caso del mítico local madrileño Ten Beach, que monta un chiringuito de madera en las terrazas de La Castellana en pleno mes de agosto. O la Monkey Island de Düsseldorf, una isla del río Rin ubicada al lado de la zona portuaria, en la que la tarjeta de presentación es fina arena de playa, hamacas, un par de chiringuitos y buen ambiente donde combatir los días más duros de calor de la localidad germana. Desde las 10h de la mañana hasta la medianoche, buena música, cócteles y comida rápida están asegurados en los 5.000 metros cuadrados de isla que recrean una playa de Ibiza, el Chiringo Bar. La oferta se completa con masajes, música en vivo y lo mejor de la sociedad local, una combinación que tiene el completo asegurado todo el verano. Quizás sea mera atracción psicológica, pero estos locales están llenos todas las noches.
Un estilo de vida
En efecto, frente a los que buscan playas desiertas –cada vez más difíciles de encontrar en la costa española-, están los turistas que no saben acudir a una playa que no tenga chiringuito. Constituye un auténtico ritual tomarse la cervecita de mediodía, el bocadillo de las tres, un helado a media tarde y así empalmar con la cena. Los dueños de estos locales lo saben y aprovechan para “hacer su agosto”. Los clientes no suelen protestar. La ubicación del local lo merece, la exclusividad de la oferta no deja más alternativas.
La cultura del chiringuito es un estilo de vida también para los dueños de estos bares de playa, que consiguen vivir del trabajo de seis meses durante todo el año. En general, son gente que hace del negocio una forma de vida y cuando se les termina la concesión de un determinado local, se hacen con el chiringuito de la playa vecina hasta donde desplazan a su clientela, fiel a un savoir faire. Su objetivo es conseguir que los veraneantes elijan una playa por su chiringuito y no viceversa.
En el caso de Baleares, encontramos chiringuitos en los lugares más remotos de las islas. Desde la playa de Cala Torta, en el norte de Mallorca, con un acceso restringido por el mal estado de la carretera, hasta en playas escondidas de Ibiza y Formentera, que se han hecho famosas por el renombre que han adquirido sus chiringuitos con el paso de los años. Así, ¿quién no conoce el Blue Bar de Formentera o el Café del Mar de Ibiza, donde disfrutar de una cerveza tumbado en una hamaca, viendo la puesta del so? A esa sensación de bienestar suelen ir asociadas una melodía, una serie de imágenes, una forma de vestir, que el marketing ha sabido aprovechar y que hace que el Café del Mar de la ibicenca localidad de San Antonio, sea hoy mundialmente conocido. Un negocio redondo para quienes explotan el chiringuito, que viven de un local que opera seis meses, durante todo el año, y para quienes comercializan los códigos del verano más allá de las fronteras del chiringuito a urbanitas ávidos de recuerdos relajantes para combatir el estrés de la ciudad.”.
La Fórmula
Comidas más elaboradas, música, hamacas, antorchas, masajes. La calidad del servicio, la estética, el diseño y el ambiente son algunos de los ganchos que utilizan estos locales para atraer al público de día y de noche. Una buena oferta de comida, música y ambientación son fundamentales para lograr ese “efecto llamada”. Tradicionalmente, los chiringuitos servían sólo como complemento al sol. Así, cuando terminaba el día de playa, se acababa el negocio. Hoy en día, se potencia el atractivo de la noche. Cuando los ayuntamientos lo permiten, las playas se convierten en una alternativa de ocio nocturno.
Hoy en día se puede comer en un chiringuito con la misma garantía de calidad que en un buen restaurante de la ciudad. De hecho los clientes exigen también una serie de garantías a este tipo de locales, que se rigen por las regulaciones más generales sobre higiene de alimentos, a falta de una normativa específica.
Los chiringuitos suelen ser concesiones que otorgan los ayuntamientos, previo concurso público para hacerse con la licencia. Dependiendo de la playa, se puede llegar a pagar desde 6.000 hasta 80.000 euros por año a las autoridades municipales, según aseguran los propietarios, por un local que no puede medir más de 20 metros en las playas y que está abierto sólo durante el verano. El resto del año, el propietario debe saber que necesita de un lugar para guardar la estructura de su negocio. La duración de las concesiones varía según los criterios que establecen los distintos ayuntamientos. En algunos casos se trata de licencias por dos años, mientras que en otros municipios, se llegan a otorgar hasta por 15 años, pero lo obligatorio es revisar la concesión anualmente.
Los diseños de chiringuitos varían de una playa a otra aunque la última moda pasa por utilizar materiales naturales y estructuras cada vez más cuidadas y de calidad. Existen chiringuitos que cuentan con lavabos, cocina y almacén, mientras que otros sólo tienen una barra de bar, pero el valor añadido es tener a un público fiel rendido al particular estilo de un local. Por el traspaso de un chiringuito se pueden llegar a pagar auténticas fortunas. Cuentan que por un local en la playa de Barcelona llegaron a pedir hasta 400.000 euros, aunque el coste de la estructura en sí oscile entre los 2.000 y los 25.0000 euros. La clave, la fidelización.