Jordi Sevilla, ministro
de Administraciones Públicas
El primer edil de Algaida, Jaume Jaume (PSOE), ha
instado al gobierno
central a revisar la Ley de Haciendas Locales para
que los ayuntamientos
puedan tener más ingresos y realizar
inversiones, sin tener que ejercer una
presión fiscal sobre los ciudadanos,
mediante la subida de impuestos o la
aplicación, en casos puntuales, de
contribuciones especiales. Ha tenido que
ser un político socialista quien saque los
colores al gobierno central por
mantener una financiación de los
ayuntamientos inadecuada que a veces les obligan a buscar ingresos
favoreciendo la construcción. La llamada de atención va
muy dirigida a Jordi Sevilla Segura, ministro de
Administraciones Públicas.
Joan Flaquer, consejero
de Turismo del Govern
El grado de ocupación medio más alto
en los establecimientos dedicados alturismo rural en enero lo
registró Canarias, con un promedio del 27,09 por ciento, seguido
de Baleares, que logró un índice del 16,33 por ciento. La
temporada baja es cada vez menos baja, gracias al sector privado y a
las
instituciones, entre ellas, a la consejería
de Turismo, que preside Joan Flaquer.
En general, el mes de enero continúa siendo
el peor para el turismo rural,
como lo demuestran las cifras ofrecidas por el
Instituto Nacional de
Estadística, ya que la ocupación
media fue del 9,13 por ciento, casi un
punto menos que en el mes de enero del pasado
año cuando ascendió al 9,99
por ciento.
Sebastián Barceló, presidente de la Fundación Barceló.
La fundación aportará una
subvención económica de 230.906 euros para
financiar un proyecto de investigación que
desarrollan en la actualidad
científicos de la Fundació
Caubet-Cimera Illes Balears, dirigido a
investigar la incidencia de la Enfermedad Pulmonar
Obstructiva Crónica
(EPOC) entre la población balear. Así
quedó recogido en el convenio de
colaboración suscrito el lunes 5 entre el
president del Govern, Jaume Matas,
en representación de la Fundació
Caubet-Cimera, y el presidente de la
Fundación Barceló.
Velázquez (1599-1660) y Descartes
(1596-1650) fueron coetáneos. De esta guisa, Ortega y Gasset
consigue el efecto de un choque intelectual intuyendo que la
inmensa mayoría de sus lectores, bien por ignorancia, bien
sabiéndolo, no han caído en el hecho. Un choque
intelectual producto de pensar que nuestro español vivió
en el siglo XVI, mientras que sí, Descartes, lo hizo en pleno
siglo XVII, cuando la razón, las nuevas ciencias físicas,
químicas, de la construcción y matemáticas
imperaban en países desarrollados como Francia, Inglaterra,
Suecia... Por un extraño designio y por un catolicismo mal
entendido, Felipe II cerró la posibilidad de acudir a los
estudiantes españoles a las universidades extranjeras. Estaba en
la creencia de que aquí, con Salamanca a la cabeza,
teníamos lo mejor del mundo. Una cerrazón que
costó muy cara. Otros cuatro hechos coadyuvaron a que
España no pudiera avanzar por el camino liberalizador que supone
la Ciencia. Una brutal Inquisición persiguió cualquier
disonancia que se creyera heterodoxa. Además, con su
omnímodo poder traspasó los límites religiosos con
persecuciones espurias. En segundo lugar, el oro de América.
Más que río fue peligrosa torrentera que permitía
vivir tan ricamente a unos pocos, sin que casi nada se produjera en
España de lo que aquí se consumía. Quienes
nos proveían de mercancías se enriquecieron y
fortalecieron sus economías. En tercer lugar, una agricultura de
pastoreo protegida por el Honrado Consejo de la Mesta, que
organizada en 1273 perdura hasta 1836, nada menos. En cuarto lugar,
y no se le ha otorgado la atención histórica que se
merece, la sangría humana de la primera emigración hacia
América formada por elementos díscolos, ambiciosos y por
más de un segundón. De haber permanecido en España
hubieran tenido que ser, forzosamente, fermento de revuelta y avance
social.
Así las cosas, no es de extrañar la
primera derrota de nuestros Tercios, hasta entonces invencibles,
precisamente a manos de los franceses. Siguieron otras más.
Rocroi (1643) es la victoria del Gran Condé. La película
Alatriste la escenifica de forma admirable. Contrasta el pobre
armamento español frente al esplendoroso y moderno
francés. Nuestras tropas rechazaron con orgullo, la
rendición honrosa que les brindó el Príncipe.
Había pasado el tiempo, que duró casi dos siglos, de
nuestros grandes capitanes, cuya sola mención aterrorizaba, como
sucedía con el Duque de Alba.
Francia recoge la antorcha de la avanzada, mediados
el siglo XVII, junto con Inglaterra. En el siglo XIX lo chic era hablar
francés e intercalar palabras francesas en la
conversación cotidiana. Un ejemplo lo tenemos en la obra del
ruso Tolstoi, Guerra y Paz.
Pasadas las dos Guerras Mundiales, que yo
acostumbro a denominar como Guerras Civiles Europeas, Europa
entra en una amplia fase de distensión, de borrón y
cuenta nueva, de integración territorial y cohesión
social. El Tratado de Roma de 25 de marzo de 1957 culmina, de momento,
en la actual Europa de los 27.
Las próximas elecciones francesas tienen una
importancia capital, no tan sólo para Francia, sino para toda la
UE. Y de modo muy especial para España por cuanto Francia es
nuestro segundo proveedor y su primer cliente.
Ségolène Royal y Sarkozy presentan
dos alternativas igualmente válidas para el electorado
francés, de ahí el empate entre los dos candidatos
en las encuestas de opinión. Tendrá que ser,
posiblemente, más el 6 de mayo, en segunda vuelta, que el
22 de abril cuando se baje la pelota del tejado.
El profesor Velarde, en su habitual artículo
de los lunes en ABC (26-2-2007), critica agriamente la política
económica de Royal, recogiendo palabras de Jurgen Pedersen,
escribe respecto a la desacertada política de León Blum,
del Frente Popular Francés de 1936: “ prometió
simultáneamente a su pueblo mayores salarios, tipos de cambio
fijos, un menor coste de la vida y una disminución del paro.
Francia no hubiese sufrido el caos que provocó el ensayo de
llevar a cabo tal programa” (He modificado parcialmente las
palabras, sin quitar sustancia). “Ahora eso es, de nuevo, lo que
se contiene en el programa socialista de Ségolène Royal.
Existe un agravante: agrega un conjunto de promesas que
provocarán por fuerza un colosal aumento del gasto
público, incluida la revalorización de las pensiones,
junto con la promesa de que ningún joven esté desocupado
y la jornada de 35 horas, dentro de una UE que castiga con
deslocalizaciones los aumentos de salarios”.
Los nuevos experimentos con gaseosa y, sobre todo,
si son viejos, trillados y fracasados. Fracasó Mitterand en su
primera etapa de gobierno hasta el punto de que, con indicadores
económicos calenturientos en la mano, su primer ministro le dijo
que era el Borodino (1812), batalla rusa que deshizo el ejercito
francés invasor. Felipe González, recordando la quema de
las barbas de su homólogo francés, tuvo la
precaución de no meterse en berenjenal alguno, aconsejado por
los ministros Boyer, Solchaga y Solbes (discípulos y amigos del
prestigioso profesor Rojo). Calificar de “gran perverso” al
mercado, como ha dicho Royal, es, por sí solo, ya un enorme
disparate que la descalifica para gobernar Francia.