El sector de la construcción, sin duda muy a
pesar suyo, no tiene buena prensa. Son frecuentes las observaciones
críticas que se le dedican desde los medios de
comunicación. Desde determinadas formaciones políticas y
ámbitos de pensamiento, más bien vinculados a opciones de
izquierda, se hace bandera de la crítica hacia el mismo y no se
ahorra la mención de su excesivo peso y de lo nocivo que
resulta, para la economía balear, sustentarse en este sector.
Incluso desde posiciones más templadas, más propias del
ciudadano común, aunque sería exagerado referirse a un
malestar social, sí que existe una conciencia creciente de que,
en no pocos casos, las cosas podrían haberse hecho de otro modo.
Como en muchas de las temáticas sociales
más candentes, en este asunto se entremezclan aspectos
técnicos, a veces expresados a través de medias verdades;
sensaciones subjetivas y, en suma elementos de análisis
más vinculados a las preferencias personales que a la realidad
objetiva.
Dentro de la maraña de apreciaciones,
personalmente coincido con aquella que señala que desde la
perspectiva del crecimiento a largo plazo de una economía, no
sería bueno tender a una especialización en el sector de
la construcción. Pero esto vale tanto para la economía
balear como también para la economía española. No
pocas veces nos olvidamos de la dinámica de la
construcción que también se está dando en
España.
En lo que respecta a la economía balear, se
puede constatar (Ver una colaboración anterior en estas misma
páginas de “La economía balear”) que ni la
economía del archipiélago está
“especializada” en él, ni es correcto
señalar que sea el “factor de crecimiento” esencial.
La construcción, en cualquier caso, es un
sector muy importante para dar cobertura, entre otros, a tres objetivos
básicos de la sociedad y de la economía; así:
cubrir la demanda de vivienda (esencial para la vida personal); cubrir
la necesidad de infraestructuras (importantísima para el
desarrollo económico y social); y contribuir a la
recuperación y rehabilitación del patrimonio
histórico y arquitectónico.
Además, cuando vienen “maldadas”
en la economía, enseguida nos acordamos de este sector como
elemento de realización de políticas compensatorias. En
la actualidad, llevamos mucho tiempo sin una recesión severa y
tal vez por ello, tendemos a perder la memoria de las cosas relevantes
a las que recurrimos cuando estamos en dificultades.
Por otra parte, en condiciones normales, la
construcción es un sector clave de la economía: tiene
efectos de arrastre hacia atrás (tira de otros sectores de la
economía) y efectos de impulso hacia delante (facilita el
crecimiento económico de otras ramas de la economía). En
otras palabras, la construcción siempre ha sido considerada un
sector motor de la economía y aunque es obvio que no puede
aspirar a ser protagonista principal, su contribución es
útil y necesaria.
El problema esencial que afronta el sector desde la
perspectiva de su consideración social tiene que ver más
con el cómo se hace que con el qué se hace. Dicho de manera más precisa: en determinados
supuestos, la desmesura, la falta de sentido estético y, por
qué no decirlo, la aplicación (a veces) de las peores
características de la naturaleza humana, no pocas veces
originadas fuera del propio sector como tal, son la causa del problema
y la razón de un cierto deterioro, injusto por demás, de
su imagen social. Es decir, no es tanto un problema originado en el
sector en sí mismo, sino del marco en que se mueve y de la
realidad, a veces poco edificante, de los tiempos que vivimos.
Por descontado, coincido con aquellos que advierten
que las consideraciones territoriales son un elemento central (yo
diría que trascendental) del futuro de nuestra economía.
Y desde esta perspectiva hay algunos actos de contrición que
hacer. Pero no hay que generalizar la visión negativa, ni sacar
de contexto la realidad de las cosas. Por otra parte, no son muchos los
que pueden presentar una trayectoria inmaculada. ¡A veces los que
más hablan, resulta que luego son pillados en falta!
La preocupación que muchos economistas e
interesados en las cuestiones de la sociedad y la economía
mantenemos por garantizar unas bases sanas para el crecimiento a largo
plazo, nos invitan a estar vigilantes en el terreno en el que debe
desenvolverse el sector de la construcción. Pero sin perder la
perspectiva de que este es más victima que causante directo de
los males que en no pocas ocasiones se le atribuyen.
Se solapan aquí cuestiones morales
(¡sí, morales!) y cuestiones de índole
económica. Existen muchas aportaciones positivas a recibir, ya
sea desde la buena arquitectura; desde la sensata planificación
territorial; desde el análisis económico; o desde la
misma responsabilidad política. Pero sin necesidad de inquietar
a la sociedad con expectativas, por otro lado oscuras o difusas, de
potenciales medidas, que ni son de ejecución realista, ni desde
la óptica de la complejidad de nuestra economía y nuestra
sociedad sería bueno aplicar.